EUNACOM_008-- Reflexiones . . . (19990314)   [Back to Table of Contents--Zurück zum Inhaltsverzeichnis] Table_of_Contents.htm

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Wolfgang Fischer

REFLEXIONES SOBRE UNA NUEVA ORIENTACIÓN DE LA CULTURA Y DE LA POLÍTICA

Un memorando en favor de la vida

La crisis del medio ambiente y la guerra, la delincuencia económica y política, la actividad a escala mundial de los gigantes de la industria, la degradación social de estratos de población cada vez mayores, y la reaparición de interpretaciones religiosas propias de la Edad Media, no auguran un futuro prometedor. La información intencionadamente falsificada por las finanzas y la política para proteger fines dudosos demuestra falta de consideración hacia los pueblos y escaso respeto por su soberanía. El interés generalizado por subordinar las decisiones políticas a las necesidades objetivas en detrimento de las soluciones justas, la negación generalizada de la relación causa/efecto en el lo relativo a la forma de vida y al medio ambiente, así como la defensa militante del status quo frente a las nuevas ideas y perspectivas lastran el desarrollo de una convivencia en la Tierra encaminada hacia un periodo de paz.

¿Somos solamente objetos pasivos en este proceso o hay otras alternativas? ¿Queda todavía lugar para la esperanza?
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Sólo la reflexión sin reservas sobre cuestiones abiertas, deficiencias e injusticias existentes nos enseñará, a través de su conocimiento más profundo -y el de sus efectos-, el camino hacia la solución de los problemas que amenazan la vida en la Tierra. Al mirar sin prejuicios el mundo, éste nos revela el valor común a todas las formas de vida que impulsan la acción política, orientada hacia la justicia global; ésta sirve de baremo para evaluar sistemas sociales y cosmovisiones.

TESIS

1) La libertad del pensamiento, la comunicación sin límites y la posibilidad de acceder sin trabas dogmáticas o ideológicas a cualquier tipo de información constituyen las premisas culturales para desarrollar la conciencia hacia una comprensión cada vez más profunda y auténtica de la vida y de las situaciones en las que ésta se desarrolla. Sólo un elevado nivel de comprensión, que se nutre de la experiencia y el aprendizaje de toda una vida, dar lugar a una mayor responsabilidad. Cualquier confrontación competitiva contribuye a mejorar la compatibilidad del ser humano con el sistema ecológico y social de la Tierra. La solidaridad hace crecer el deseo y la alegría de vivir: la ansiedad y el miedo desaparecen. Una cosmovisión sincera impulsa la acción política dirigida a mejorar las condiciones en la Tierra. El espíritu humano maduro crea las condiciones materiales y emocionales del bienestar común y de la paz. Lo auténtico vence a la alienación y a lo ficticio: la verdad nos hace libres.

2) La preocupación por la Tierra como base de nuestras vidas disuelve las contradicciones sociales. La conservación y el uso común de los bienes y de la energía, entendidos como ciclos globales de la economía mundial, estimulan el desarrollo de la sociedad planetaria. Los beneficios y rendimientos se destinan a la promoción de las áreas menos favorecidas. El capital, la propiedad y el saber estarán al servicio de la humanidad.

3) La justicia social y la compatibilidad ecológica de la economía y de las industrias son fundamentos irrenunciables de la supervivencia en la Tierra.

CONSIDERACIONES

La tierra, los mares y los continentes, los paisajes, los ríos y los lagos, las plantas, los animales y las personas componen un conjunto, y cada uno de sus elementos forma parte integrante del ciclo energético y del sistema vital universales de la biosfera. Todo es patrimonio de todos, préstamo de la naturaleza, infraestructura de la vida global, donada y necesitada de cuidados. La existencia de cada una de las partes depende de todas las demás; cada componente contribuye, a su modo, al funcionamiento del conjunto.

El presente es la base del futuro. La generación joven depende de la anterior. Los errores (con frecuencia considerados equivocadamente como logros), las conquistas, además de las consecuencias de ambos, perviven a través de la historia. Cada generación es, por tanto, responsable ante la siguiente. Cada individuo debe responder de sí mismo, de los demás y de la naturaleza que recibimos en préstamo.

En todo el cosmos, desde los procesos químicos moleculares, pasando por el material genético, el ADN, hasta los movimientos galácticos, rigen las mismas leyes. El motor de todo movimiento cósmico aprovecha los procesos de realimentación para desarrollar formas de organización relacionadas entre sí y, al mismo tiempo, unidas por su origen común (re-ligio). Con la ayuda de los llamados órdenes espontáneos, generados por fenómenos de resonancia del sistema vital, se forma la universalidad compleja y diferenciadora de la vida. Una unión simultánea de todos los agentes con la fuente energética de la luz solar (sinergia de las fuerzas claras) garantiza una incesante evolución diferenciadora de las formas de vida en la Tierra (el principio de la dirección = rectitud). Los principios de la justicia y de la responsabilidad evolutivas unen toda la vida en el mismo contexto ecológico. Sólo la justicia universal, la responsabilidad plena y la sintonía armónica con las experimentadas leyes de la vida garantizan el futuro de la humanidad.

Desde hace más de tres mil millones de años, la evolución ha impulsado y desplegado la vida de protozoos, plantas, animales y seres humanos; paralelamente se ha desarrollado el medio ambiente. Éste y la vida dependen el uno del otro, se influyen mutuamente y se encuentran en un proceso dinámico de adaptación recíproca. La coherencia de sus respectivas evoluciones es patente.

ORIENTACIÓN

Aparentemente, los seres humanos tienen en cuenta cada vez menos estas realidades. La fe ciega en la viabilidad de todo y la prepotente arrogancia, frutos de los incompletos conocimientos científicos y de la competencia técnica de la humanidad, han hecho desaparecer de su vista dichas verdades. Al atender principalmente los asuntos financieros, el género humano ya no se preocupa por el conjunto, no se responsabiliza del porvenir y no se comporta de acuerdo con su papel como parte integrante del omnipresente sistema de la vida; incluso se puede decir que la humanidad ni siquiera ha desarrollado todavía estas actitudes. Aún no la ha reconocido, ni se ha hecho cargo de su tarea como guardiana de la vida en el devenir de la historia. Su inmadurez psicológica le lleva a negar su responsabilidad de los peligros que parten de ella. Sacrificando la integridad de la biosfera, se doblega ante las necesidades objetivas que ella misma ha originado.

La humanidad, liberada de los esquemas de acción genéticamente determinados, ha desarrollado en el transcurso de unos veinticinco millones de años un proceso de maduración corporal y espiritual que en la actualidad todavía no ha concluido. En este devenir humano se trata de formular el derecho a la integridad social de la vida y de reconocer el derecho de la ecología planetaria. El derecho del más fuerte, en el sentido darvinista, es algo que no está a la altura de las circunstancias vitales. La meta del proceso de aprendizaje de la historia es la superación del principio de poder, el desarrollo de una sociedad humana y de una cultura que garanticen, con sabiduría, la supervivencia de sus tradiciones en el futuro. Sólo el conocimiento sobre nosotros mismos, nuestra responsabilidad propiamente dicha, permite que la evolución cultural refleje y confirme la evolución genética.

En la medida en que el ser humano busque su suerte fuera de los términos y verdades de la existencia y siempre que actúe sin imaginación o se equivoque espiritualmente, se pondrá en peligro a sí mismo y pondrá en peligro a otros. Ahí donde, por ejemplo, convierta algo en su propiedad y lo utilice de forma egoísta, pondrá en peligro la unidad social y violará el principio del conjunto. Lo mismo se puede decir de la utilización de los conocimientos científicos de los que se adueña para utilizarlos en su provecho económico o en beneficio de una élite.

Aquí no se cuestionan la casa propia, la cuenta de ahorros o los derechos de autor. Pero debe quedar claro que las ventajas de uno no deben redundar en perjuicio de otro, puesto que de lo contrario se fomentarían los desarrollos antisociales, contraproducentes y nocivos para el medio ambiente. El poder y el afán de posesión ciegan al ser humano, lo insensibilizan y lo endurecen. A causa de los intereses de una minoría, fuerte por la posesión de capital, o por los dictados de una ideología petrificada, se pone a sí mismo obstáculos para reaccionar, libre y sin prejuicios, ante problemas o conflictos. El hombre pone en peligro la función del sistema de la vida, siempre y cuando éste utilice su propiedad o su saber de forma nociva para el sistema global.

La consolidación de la propiedad privada requiere leyes e instrumentos de poder. El derecho, el poder y la violencia, legitimada esta última por los dos primeros, tratan de proteger la propiedad individual, nacional e incluso ideal. Además, la propiedad privada, sustraída del conjunto y de la salud de la naturaleza, falta en el sistema; se perturba el desarrollo primordial y auténtico de la evolución "divina" o libre; se produce un déficit, una deuda: la fragmentación de la vida como fuente de energía y motor de procesos secundarios y sucedáneos de compensación. Surge lo "diabólicamente" destructivo como artefacto de la vida. La escisión de la vida y de la naturaleza en lo propio y lo extraño, lo conocido y lo desconocido, lo bueno y lo malo, sin que los "productos de la fisión" se reintegren de nuevo al sistema, crea potenciales dirigidos contra la existencia. La discriminación impide toda integración. La integración, la transformación de elementos inconscientes en conscientes y la maduración humana se logran sólo si se trabajan las propias contradicciones e imperfecciones. Mientras la humanidad no se entienda a sí misma ni a sus obras como parte de un todo (de un orden creativo, primordial y auténtico, es decir, un cosmos) y se limite sólo a luchar contra su entorno y a combatir lo ajeno, transmutará su innata alegría de vivir en miedo y angustia. Es hora de revisar nuestras ideas acerca de la finalidad y el sentido de la vida y de liberar nuestra psique de las ideas procedentes de los ambientes enclaustrados propios de determinadas comunidades de creyentes o sectas. Es hora de aclarar de modo radical nuestra relación con la vida y con nuestra corporalidad. Mientras la sexualidad, expresión primordial de la vida, esté alienada por las tradiciones sociales o los dogmas de las instituciones religiosas hasta tal punto que su práctica a menudo está ligada a un sentimiento de culpa o miedo, así como a la opresión de la mujer, serán el resultado ineludible y amenazador, por un lado, de la transformación perversa de la alegría de vivir en afán de poder y, por otro, de la generación de complejos de inferioridad, con las consecuencias criminales de ambos incluidas. Una vivencia placentera y natural del cuerpo y de la sexualidad libera, por el contrario, sensaciones de plena empatía con la vida. La persona que ama y aprecia su entorno y lo conserva, es menos manipulable y menos receptiva a las necesidades del poder. Esto explica las actitudes hostiles respecto al cuerpo y a la vida de todos aquellos que se encuentran en el lado del poder. Mientras el círculo vicioso de la tutela, la opresión y la conservación del poder, del amedrentamiento y de las amenazas, de la arrogancia y de los complejos de inferioridad no se quebrante con los principios de la justicia social y con una actitud pacífica y respetuosa hacia la vida, seguirán prosperando, en detrimento de todos nosotros, el afán de poder y la codicia. En una cultura y una civilización de estas características emergerán cada vez más enfermedades, más problemas sociales y más perturbaciones del equilibrio ecológico.

El conflicto entre los procesos de distribución y transformación en el seno de la naturaleza, por un lado, y los régimenes de propiedad con fines alienantes, por otro, frenan el crecimiento evolutivo. En el transcurso de la historia se ha desarrollado un potencial contrario a la distribución justa de los bienes y al progreso.

En resumidas cuentas: el surgir y la delimitación de la propiedad y del saber crean una polarización y atentan contra la unidad. Si se produce una perturbación del flujo libre de la información, nacen tensiones entre la propiedad, el poder y la violencia, por un lado, y la calidad de vida, por otro. La propiedad de unos puede producir contradicciones y agresiones contra la de otros. Cuanto más intentemos establecer acuerdos legales para regular el tratamiento de la propiedad, tanto menos deberemos pasar por alto la interdependencia existente entre el poder, sus órganos ejecutivos y los propietarios. El legislador debe hoy reconocer que la lucha y las contradicciones sustancialmente más peligrosas no son las que afectan a los intereses de individuos, grupos, Estados, consorcios nacionales o multinacionales, etc.; es el intelecto humano, sin percatarse de ello, donde se ha creado un campo de tensión entre el orden humano y la plenitud natural, la unidad paradisíaca y el incólume orden celestial. Debemos reconocer que se trata del todo, de la supervivencia de las formas de vida más evolucionadas de la Tierra.

La propiedad humana ha conseguido poder para protegerse a sí misma. La propiedad/el dogma se han hecho más importantes que la vida. Se está aniquilando una criatura aún sin derecho, una circunstancia ante la cual la mayor parte de las personas permanece indiferente, aunque la vida de cada uno de nosotros ya está amenazada. Hay que terminar la masacre contra la vida terrestre. Los errores de nuestros sistemas sociales demandan correcciones. Hay que conceder a la biosfera un amparo legal garantizado incluso formalmente. No se puede convertir caprichosamente la creación en propiedad privada, ni fragmentarla en latifundios o comprarla por dinero; las partes integrantes de la Tierra no se pueden multiplicar libremente al antojo del poder y del negocio; se reproducen siguiendo el curso de la vida. La vida terrestre es un sistema abierto que culmina en la vida. ¿Qué significa esto? La energía luminosa del sol, modulada a través de los ritmos cósmicos, alimenta la biosfera. La fuerza organizadora de la luz contiene las informaciones que hacen crecer las estructuras de la vida por el camino de la evolución. Por consiguiente, los órdenes y sistemas humanos deben procurar que la justicia de la evolución (en contraposición al derecho del poder) y la creatividad auténtica (en contraposición al irrefrenable y secundario afán de acción y de diversión) se reflejen en ellos. A los seres humanos se nos ha encomendado la tarea de desarrollar y vivir el originario y radical potencial creativo de los dioses a los que dan culto nuestras religiones. Al mismo tiempo estamos obligados a desenmascarar las crueldades de muchas religiones como proyecciones (in)humanas que menosprecian la vida y a superarlas de acuerdo con los logros humanitarios. En la Tierra necesitamos organizaciones sociales en las que la responsabilidad y el aprecio hacia la vida sean las principales prioridades políticas. Es hora de liberar el sistema abierto de la vida de las limitaciones, disminuciones y amenazas creadas por Estados nacionales, economías egoístas y anticuadas creencias metafísico-religiosas impuestas por la humanidad, para hacer posible una dimensión de la vida, humana, social, sana y auténtica. No debemos esperar más para respetar y reconocer aquellos principios que garantizan y salvan la vida en la naturaleza y que seguirán desarrollándola cuando nosotros hayamos dejado atrás la ilegalidad, el menosprecio, la imperfección y todas las demás actitudes contrarias a la evolución y a las criaturas .

La aportación de la humanidad a favor de la biosfera todavía es insatisfactoria. Sus organizaciones sociales explotan los sistemas y los ciclos de energía existentes, en lugar de conservarlos o desarrollarlos. Parece que los animales y las plantas muestran comportamientos ecológicamente mucho más inteligentes que nosotros. Hasta las madres de los cuervos parecen más capaces en la transmisión de una conducta social acertada que los progenitores humanos, alejados del saber concerniente a las condiciones naturales. El entumecimiento espiritual y las enfermedades físicas y sociales son el resultado de una educación que, desde el hogar paterno hasta la universidad, asfixia las sensaciones vitales y la sinceridad espiritual de los jóvenes en provecho de las ideologías de las respectivas formas sociales. La peligrosa situación del equilibrio ecológico y social de nuestro planeta prueba inequívocamente el subdesarrollo y la insuficiencia de los sistemas de pensamiento y de enseñanza de las naciones más poderosas. El abanico de enfermedades humanas demuestra que con nuestra actitud intelectual no fomentamos suficientemente la vida. Los últimos conocimientos de la psiconeuroinmunología señalan que la acción de los pensamientos e ideas puede disponer al cuerpo para la enfermedad o la salud. Se hace patente la posibilidad general de condicionar nuestra constitución.

Nuestros sistemas de pensamiento, nuestras filosofías y nuestras religiones carecen, por una parte, de la necesaria visión global de la universalidad del todo; por otra, les falta también la noción del comportamiento sano para con la esfera personal. El afán desequilibrado por el progreso orientado hacia el crecimiento material y el incremento de las posesiones y del poder impide el reconocimiento intelectual de los principios, nexos y leyes que sustentan y garantizan la vida en la Tierra. En su quimérico afán de poder, muchas de las naciones más importantes se comportan como colegiales que rechazan una asignatura (la vida), idean un mundo sucedáneo de leyes arrogantes, tratan mal al maestro (la naturaleza) y devastan el aula (el medio ambiente). Partiendo de estas conclusiones, la juventud del "no future", destructiva y agresiva, se comporta de un modo extremadamente conformista con el sistema; una juventud de estas características refleja nítidamente la realidad social. Este modo de vida y estas formas de pensar impiden los procesos de maduración y concienciación, previstos por la naturaleza. Se trata de un proceso de evolución espiritual, que nos permitirá transformar el actual potencial de vida, aún muy destructivo, en un potencial de conservación de la vida, un potencial de autoconservación que, al contrario que las conductas habituales, no deteriora el medio ambiente ni aniquila plantas, animales o personas, sino que posibilita la supervivencia de la humanidad y de la naturaleza. Este potencial creativo nos proporcionará ideas sobre nuevas formas de organización de la sociedad mundial; formas de organización que se adecuarán a los requisitos sociales y ecológicos de supervivencia. Muchos pueblos precoloniales, sacrificados en el altar del progreso de la civilización a los intereses del poder y del dinero, habían encontrado ya estas formas de vida y de organización .

Debemos aprender a preocuparnos de que se garanticen las condiciones básicas del bienestar y de la salud en todo el mundo. Debemos reflexionar sobre cuáles podrían ser las necesidades básicas de la vida. El uso de agua potable en las cisternas de los retretes, la electricidad para hacer funcionar aparatos de lujo y la gasolina ilimitada no tendrán muchas posibilidades de convertirse en estándar, puesto que la abundancia de los recursos en una parte del mundo produce pobreza en la otra. Tener asegurado los aspectos materiales de la vida apenas ofrece garantías de satisfacción o de tranquilidad interior. La prueba de esta aseveración son los problemas de alcoholismo y drogodependencia existentes en las naciones industriales y en el seno de los antiguos Estados socialistas. El hedonismo y el afán de poder son signos de evasión hacia necesidades falsas y, al mismo tiempo, indican falta de seguridad emocional. El miedo es, por tanto, el precio que pagamos por evadirnos hacia sucedáneos y prueba la existencia de una crisis de sentido y de valores. El objeto de estas crisis es la sacudida de estructuras y creencias para posibilitar el cambio necesario hacia una sociedad de protección social y compatibilidad ecológica.

La fortaleza emocional y el sentimiento apacible de la seguridad en uno mismo requieren, además de la satisfacción de las necesidades materiales, salud espiritual y madurez. La estabilidad emocional de las personas y de las naciones está condicionada por el derecho justo de uso de los bienes de nuestro mundo. Aquí, las clases dominantes pueden contribuir mucho. No deben comportarse ya como ladrones que, sin pudor, aprovechan sus posiciones de poder para explotar a los pobres o a los desamparados ante la ley. La ayuda al desarrollo no debe servir ya para sanear las economías de las naciones industriales. La ayuda al desarrollo, como si procediese de padres afectuosos, debería procurar el progreso material sano y el desarrollo libre de la conciencia de todos los "hijos de la Tierra" y el desarrollo de la conciencia hacia el reconocimiento del derecho a la vida de todos los partícipes. Sólo el desenvolvimiento libre de su talento de autoconservación creativa, únicamente el desenvolvimiento universal de su instinto social hacia la instauración de comunidades de plena soberanía popular, regidas democráticamente, conferiría al hombre la madurez psíquica para sobrevivir. La destructividad, el miedo y la incompatibilidad, resultados de su inmadurez, se disolverían. Una moral y una ética universales sólo se desarrollan por medio del libre desarrollo de las personas, exento de barreras ideológicas o dogmáticas de la cultura. La persona psíquica y anímicamente sana y madura, mantiene una relación llena de sentido con toda la vida terrestre y acepta su origen común. La noción relativa a la base común de todas las formas de vida acabará con la batalla por la verdad de las doctrinas elitistas.

Hay que exigir a las ideologías políticas y religiones que superen los viejos y periclitados dogmas que vienen sumergiendo al hombre en el caos y la tragedia. Ya no se puede consentir que se maten personas u otras criaturas en nombre de Dios o de un supuesto progreso. La virtud de una religión es su capacidad de soportar respuestas nuevas, fundamentales y coherentes, que perfeccionan el pensamiento de la humanidad y lo hacen más veraz. Sólo un pensamiento auténtico, a favor de la vida, puede ejercer una influencia optimizadora en la realidad mundial a través de la acción personal y política.

La calidad de nuestra vida depende de la calidad de nuestro pensamiento. Tal y como pensamos hoy, viviremos mañana. Por ello, toda nuestra atención y preocupación deberían estar dedicadas a la calidad del pensamiento. El dominio de la razón lógica en el pensamiento relega la fantasía lúdica a un segundo plano y con ello la creatividad propiamente dicha. El ave del paraíso, el caballo de mar o la selva tropical corren peligro de desaparecer del tablero de dibujo del planificador. La variedad de las especies no es el resultado de una lógica obsesionada, sino de una libertad que se autoestimula (caos creativo). Un estado de esta índole se caracteriza por la tolerancia y la finura: cualidades que predicamos, pero que todavía no vivimos, cualidades que hemos de poner en práctica,

cualidades que corresponden a la actitud de padres cariñosos que quieren preparar a sus hijos para que puedan vivir un futuro pleno de nuevas posibilidades, una vida que ya no hay que percibir como peligrosa porque trabajamos con responsabilidad propia, autonomía, creatividad, esperanzas y llenos de ilusión por el futuro común de todos los seres vivos de la Tierra. Sólo así podemos convertir las muchas ideologías falibles en un infalible instinto humano.

En el abandono de las pretensiones de poder a favor de la libertad intelectual, con espacio suficiente para la evolución y el cambio, se encuentra el punto de partida para alcanzar la paz mundial. La voluntad política de difundir confianza y prestar ayuda y estímulos crea la motivación por un lado y el trabajo por el otro, y ambos influyen en todas las dimensiones de la sociedad mundial. La idea de una familia constituida por toda la humanidad, la visión de una vida justa, la lucha por una convivencia de todos llena de sentido, la celebración alegre de fiestas y el trabajo y disfrute comunes y llenos de satisfacción pueden mermar la competencia destructiva y el miedo universal que hoy aún caracterizan las motivaciones políticas. Debemos cambiar nuestra relación con los Estados desfavorecidos y los trabajadores extranjeros y sus familias para terminar con la explotación de quienes dependen de nosotros. La responsabilidad hacia los grupos de población cuya miseria social es el resultado del bienestar de otros y la responsabilidad hacia las personas que vienen a nuestro país en busca de ayuda es más grande de lo que muchos quisieran reconocer. Tomemos los problemas que nos rodean como un desafío; no los consideremos como una pesada carga que endosamos a los llamados chivos expiatorios; considerémoslos como la oportunidad de llevar a cabo auténticas renovaciones. Las revoluciones sangrientas, las guerras y la violencia ya no deberían encontrar sitio en nuestros pensamientos. Si somos capaces de enfrentarnos con los problemas y si estamos dispuestos a resolverlos desde sus raíces, nos darán fuerza interior y poder de convicción. Esta superioridad tierna nos obliga moralmente a señalar tanto las injusticias de los Estados de nuestro entorno como las imperfecciones de nuestra propia práctica jurídica.

Ya no hay que tolerar las violaciones de los derechos humanos y los delitos contra el medio ambiente sólo porque ambos prometan niveles salariales más bajos y beneficios más altos. Tales desequilibrados intereses económicos producen en el mundo estados de emergencia medioambiental, miseria social y corrientes migratorias de refugiados y asilados. Abrirse y compartir pueden ser actitudes que desplazan la interposición de límites y el ansia de ganar siempre más dinero. La conservación medrosa y destructiva de privilegios, el juicio arrogante sobre los demás, las reacciones de castigo o de venganza, todas estas manifestaciones criminales de nuestra injusticia mundial y de la falta de amor remiten, si concentramos nuestra conciencia y nuestros pensamientos en lo que nos es común, en la vida y la supervivencia. Entonces entenderemos no sólo que debemos respetar el derecho a la vida de todos los seres humanos, animales y paisajes, sino también que hemos de preservar los ciclos naturales de regulación que tienen lugar en la Tierra: de los gases de la respiración, del agua potable, de la cadenas tróficas y de la siembra y de la cosecha. Debemos aprender que los ciclos reguladores de la naturaleza repercuten también en todos los aspectos de las sociedades, en las economías y en las administraciones. Los ciclos reguladores, las relaciones internas y las leyes de la evolución garantizan el sentido de todo lo que sucede. Ahí donde atentamos contra este sentido de la vida, bien porque seamos inconscientes o bien por ir, con actitud descarada o corrupta, en contra de hechos ya reconocidos, percibiremos pronto las consecuencias de nuestro comportamiento inmaduro en forma de criminalidad, terror y catástrofes.

Determinadas concepciones de Dios o del mundo nos impiden todavía creer en los mecanismos de realimentación de la naturaleza, simples, ineludibles y puros (actio = reactio). La justicia real y absoluta nos parece una quimera. Preferimos creer en deidades que juzguen e hijos de procedencia divina que nos salvan. Creemos en divinidades puestas a disposición de nuestras instituciones religiosas y encadenadas al poder estatal; son dioses que amenazan y dan miedo, dioses que sirven de tapadera para realizar negocios injustos que consumen el valioso lapso de nuestra vida.

El superávit producido por las sociedades antiguas sirvió primero para sembrar el año siguiente; luego pasó a los bolsillos del clero y el funcionariado; hoy sirve para mantener a los gigantes de la banca y la industria. Las plusvalías se incrementaron a costa de una distribución equitativa y justa. La cualidad del dinero de producir intereses, su artificial fertilidad y su vitalidad morbosamente prolífera han otorgado al dios Dinero el poder convertido hoy en una amenaza omnipresente de la vida. La multiplicación del dinero en forma exponencial para los especulantes ganadores, y por otro lado una destrucción gigantesca de dinero y material para los perdedores, todos ellos participantes de incontables guerras (económicas) El mal funcionamiento de los sistemas monetarios y los órdenes económicos) del que la especie humana es responsable muestra claramente que nuestra política es deficiente. De ahí resulta razonable preguntarse qué hacemos mal. La

respuesta ofrecerá nuevas perspectivas, siempre que estemos dispuestos a darnos cuenta del error de subordinar la vida a valores muertos o de sacrificarla con pretextos financieros. La protección del medio ambiente y la justicia social son caras si se gastan sumas incalculables de dinero en aras de objetivos de una política de poder, para instalaciones militares o de energía nuclear, detrayéndose de otros fines más razonables. Deberíamos estar dispuestos a cambiar nuestras actitudes, a cuestionarnos a nosotros mismos, a abandonar determinados mecanismos de regulación social y ciertas ideas dogmáticas para dejar paso a una comprensión nueva, superior y más universal de todo lo que hacemos, vivimos y experimentamos. Es de esperar que esta disposición nazca del amor y de la inteligencia y que no sea el producto de catástrofes aniquiladoras. La vida nos agrede si nosotros la agredimos.

Observemos a una lavandera del mundo desfavorecido. Canta y trabaja con las manos, sin prisas. Ríe e irradia una paz interior de la que carecen tantas propietarias de lavadoras automáticas en las naciones industriales. ¿Por qué tenemos tanta prisa y por qué desarrollamos una laboriosidad tan hostil a la vida? ¿Por qué tenemos tan poco tiempo, siendo la duración de un día la misma en todos los sitios? ¿Quién nos roba el tiempo fingiendo que nos lo da? ¿Por qué creemos constantemente que nos estamos perdiendo algo? ¿Quién o qué nos mete tanta prisa y no nos permite descansar? ¿De dónde saca su energía nuestra autodestructividad? El creciente vacío interior, la extensión del autoengaño y la consiguiente alienación respecto a nuestra naturaleza son las causas de todo mal. La sociedad del logro y del lucro carece de sinceridad. El amor a la vida se asfixia sumergido en conflictos de intereses que ya se han hecho patentes en el Derecho medioambiental, el Derecho sobre los alimentos o la defensa de la Constitución. Aunque el resultado de nuestra agitación, de nuestra objetividad y de nuestro modo de vivir es la acumulación de riqueza material y una supuesta seguridad, nuestros sentidos están aturdidos, las enfermedades se vuelven crónicas y nuestro medio ambiente se muere. Si esta muerte es el precio que pagamos por el tipo de civilización en la que vivimos, debemos preguntarnos si esta civilización es digna del esfuerzo que le dedicamos. La política actual, caracterizada por el proteccionismo de intereses, podría dejar de fomentar la muerte en todo el planeta. Podríamos ignorar las potencialidades de destrucción, que pueden fundirse en gigantes incontrolables. Hoy los dragones bíblicos se llaman consorcios trasnacionales y bancos. Los órganos de los servicios secretos de las estructuras políticas, dependientes de aquéllos, son los modernos monstruos mitológicos.

Podríamos superar nuestros modos de vida incompatibles si pusiésemos en cuestión los conceptos, ideologías y creencias a los que nos hemos acostumbrado y que han crecido a través de la historia. Una comunicación exenta de amenazas, de violencia y, por consiguiente, sin miedo, deparará la sinceridad, el respeto y la autenticidad, virtudes propias del niño recién nacido. Seguiremos siendo sensibles y francos; valientes y sin miedo podríamos hacer caso a nuestros sentimientos y escuchar la voz interior. Llenos de confianza y más allá de la lógica científica nos adentraríamos a todo el sector de las relaciones no causales, de lo azaroso, de lo nuevo: el reino de las ideas y soluciones donde la inspiración sustituye las actitudes invariables, donde la fijación en lo obsoleto tiene límites. Conscientes de nuestra propia responsabilidad ya no echaremos la culpa al destino. El desarrollo de la toma de conciencia de nuestra función y tarea en el marco de la evolución nos proporcionará la libertad para estar al servicio de la vida.

Por medio de acontecimientos en el ámbito medioambiental, provocados por nosotros mismos, el lema político del "Bienestar a través de crecimiento económico" nos viene indicando límites naturales. En la medida en que nos atengamos a dicho principio, sintiéndonos responsables de la "economía libre de mercado" ("libre", sólo para determinados intereses) y tras la muerte de la economía planificada, inflexible ideológicamente, sacrificamos a este objetivo político la vida de nuestra Tierra y la creatividad de las personas. El mundo, los países y los pueblos viven de las ideas y de las iniciativas de sus gentes. La puesta en práctica de conceptos teóricos requiere, según nos enseña la historia, un control. Dada la falta de orientación, no se han realizado del todo las posibilidades de creación y destrucción. Hasta ahora, el control se ha ejercido teniendo en cuenta un determinado pueblo, un determinado grupo u otros intereses comerciales o ideológicos. Estamos obligados hoy a reconocer que el derecho de una de las grandes potencias a vetar los intereses de la mayoría puede resultar una injusticia y que habrá que desarrollar un control que toma en consideración el funcionamiento del todo. Debemos reconocer que el sentido de controlar las ideas e iniciativas de los seres humanos no puede basarse en la defensa de los intereses de unos pocos. Su objetivo tiene que ser, por el contrario, el funcionamiento sano de toda la Tierra. El sistema de la vida de la Tierra comienza en los ámbitos local o comunal y termina en las dimensiones de la atmósfera. En la realidad de la vida de la Tierra no existen las fronteras de los Estados nacionales. Igual que las bandadas migratorias de las aves, la naturaleza no para en estas estructuras culturales que reflejan fielmente la inmadurez de la humanidad. La "estatalidad nacional" es un elemento de transición de la evolución social de la humanidad, impuesto a la fuerza y con violencia a continentes enteros. Pero hay fronteras en la biosfera que hemos ignorado hasta ahora absolutamente: las fronteras de la vida.

Al servicio del poder, de los beneficios y de la ignorancia hemos descuidado totalmente las fronteras genuinas de la vida de los indios, de los árboles, de los peces, etc. Aunque las secuelas de esta conducta errónea se hacen cada vez más patentes, nos atrincheramos, recalcitrantes, egoístas y con estrechez de miras, tras las barricadas y mentiras de nuestros sistemas de pensamiento e ideologías. Si queremos sobrevivir, hemos de aprender a aceptar y a superar este hecho. Debemos aprender a sacar las consecuencias de los errores que hemos cometido en la historia. Debemos entender hasta qué punto la suerte y la decepción privadas, las ideas religiosas erradas, el miedo, la insatisfacción emocional y otras imperfecciones sociales pueden influir en decisiones a través de actitudes de terquedad, prejuicios, autoengaños y manías. Debemos aprender a reconocer nuestros errores y a arrepentirnos de ellos. Debemos aprender a aceptar nuestras dudas y nuestros temores y a hablar de ellos. Los periodistas, los políticos y otras personalidades que influyen en la opinión pública deberían hablar ante los micrófonos con la mirada puesta en la verdad, ya que ningún otro bien de interés reacciona con mayor sensibilidad ante las transgresiones. Las palabras francas y los sentimientos sinceros crean proximidad y confianza y hacen, en última consecuencia, innecesarios nuestros costosos sistemas defensivos. El diálogo impregnado de responsabilidad y una administración valiente con la verdad evitarán que dañemos definitivamente los fundamentos de la vida en la Tierra.

Contemplemos nuestra vida, tan saturada, devoradora de tiempo y, sin embargo, tan poco satisfactoria en el Primer Mundo, industrializado y rico. Y, al otro lado, una vida pobre, llena de tiempo e inspiración, rostros sin tensiones, en todos aquellos países en los que los problemas de alimentación están resueltos, gracias a la ayuda internacional o a las condiciones naturales. Quedan por mencionar todavía aquellos países cuya población padece hambre; Estados bajo control de poderes ajenos, sujetos a dictaduras o a determinadas estructuras financieras (IWF); países con sociedades divididas en clases: una clase adinerada y otra de desposeídos, que con su trabajo crea las riquezas de la otra. Hambre y despilfarro son las dos caras de la misma moneda. También los políticos cristianos han participado en el desarrollo de esta injusticia. Igual que el Papa de Roma, que se proclama guardián del mensaje de salvación y pastor de la humanidad, actúan los administradores de los otras religiones. En el amplio espectro de la vida se han quedado también del lado del poder, del lado de los que no tienen alma ni corazón, del lado de la muerte. Resulta increíble que sólo unas pocas personas sepan cómo se ha desarrollado históricamente este hecho. Y se explica porque se recurre todavía hoy a aquellos programas, ideas y concepciones que justamente fomentan el desarrollo de los problemas. La arrogancia, la ignorancia y la inhumanidad propiamente dicha, es decir, la humanidad inmadura, son inconcebibles; son incomprensibles a la vista de la penuria, la pobreza y el rastro de la muerte. Se trata de una huella que debilita también nuestras almas, nuestra constitución.

La perfección tecnológica y el vacío espiritual no van necesariamente unidos. Se trata de elementos de desarrollo paralelo en dirección de la insensatez, sólo allí donde el poder y los beneficios económicos mandan. Si, por el contrario, centramos nuestra atención en el respeto general, el amparo emocional y de la solidaridad mundial, sofocaremos la ansia de ganar más y más y terminará el viaje por el callejón sin salida de las satisfacciones artificiales. El hombre podrá desarrollar su creatividad en beneficio del bien común. El progreso se convertirá en algo lleno de sentido y al servicio del todo social. Este tipo de progreso se regula solo, a través de las necesidades del sistema en el que actúa. El progresos tecnológico se desacelerará hasta alcanzar una medida razonable y ofrecerá a la comprensión metafísica la posibilidad de crecer también. Si el progreso externo y el intelecto humano avanzan paralelos se da un progreso de la evolución que conoce los límites del espacio vital y se queda dentro de la biosfera como sistema destinado a la vida. Este descubrimiento crea una orientación y soberanía interiores. La integración meditativa de la razón calculadora y de la intuición sensible conlleva enriquecimiento emocional: comprendemos, perdemos nuestros miedos, nos sentimos más seguros, somos menos manipulables, alcanzamos una autonomía en el sentido del todo, nuestra vida se convierte en útil para la Tierra y propagamos paz interior y amor.

Cuando la sociedad mundial deje de contentarse con los objetivos materiales será capaz de desarrollar los estándares de la paz, la tolerancia y los idénticos derechos a la vida. A los avances relativos a los aspectos externos, materiales y ficticios podrán seguir los avances relativos a la conciencia hacia una calidad de vida propiamente dicha y una realidad de vida auténtica. Si no se produce esta evolución estaremos perdidos. La cultura del futuro o será una cultura terapéutica, amante de la vida, o no será ninguna cultura. Este razonamiento coincide con las concepciones de muchas religiones. El objetivo es el paraíso, un hogar impregnado de amor pero, y esto es lo nuevo, en la Tierra, "en el más acá". Tan pronto como entendamos que el más allá bíblico no es otra cosa que el futuro que nos espera y al que hemos de llegar por medios políticos, la madura psique humana podrá desarrollar marcos espirituales de acción que favorezcan la vida. Cualquier ribete mágico, místico o seudorreligioso de los marcos tradicionales de acción quedará automáticamente anulado. El resultado sería una orientación humana, llena de sentido, que pondría fin a la búsqueda de provechos a costa del bienestar de otros; que nos transmitiría el espíritu y la grandeza que nos ayudará a dejar atrás los antiguos lastres. Los líderes políticos deberían empezar no sólo a tematizar las penurias y contradicciones actuales, sino también a explicar los errores y mentiras de la historia. Los líderes religiosos, no sólo los de Roma, harían una gran labor si, para borrar la huella de la muerte de la intolerancia, fueran capaces de arreglar de la misma manera los errores de su historia, lo que repercutiría de forma liberadora en el pensamiento de las gentes. Los errores políticos del pasado, al igual que los religiosos, prolongan sus efectos hasta el presente: Latinoamérica, África, la India y otras áreas de la Tierra padecen hoy las consecuencias de la colonización.

Puesto que todavía no hemos digerido bien nuestra historia, nos duele la falta de definición de las perspectivas de futuro, de las ideas religiosas y de las orientaciones. El mundo cristiano, judío, islámico o chino, todos sufrimos de nuestra incompatibilidad con las necesidades de la naturaleza. Adolecemos de "sobreestimación" arrogante y de esquizofrenia fanática. Sufrimos por no confiar en el poder del diálogo plural; nos duelen las consecuencias negativas de la historia humana, reprimidas o no digeridas; a pesar de la existencia de todas las religiones, nosotros mismos nos dolemos, por la falta de orientación pacífica y de un camino común a recorrer.

Toda planta y todo animal lo tiene más fácil a causa de las formas de conducta (instintivas) fijadas genéticamente y desarrolladas socialmente. Nuestra maduración hacia una conciencia universal y una responsabilidad justa es la llave de oro que nos abrirá las puertas de un futuro esperanzador y fructífero. La preocupación por nuestra seguridad y la situación de nuestro patrimonio personales será tranquilamente sustituido por la certeza arcaica de contribuir al desarrollo de la vida.

En nuestras relaciones personales y en el trato político internacional tendrá cabida un nuevo ambiente. A través de una comunicación sincera y honesta pondremos en práctica el espíritu de ayuda y de salvación, es decir, una cultura de la solidaridad. Juntos vamos a sacar conclusiones del pasado. Los gestos de amenaza del poder y el arma como instrumento político se enterrarán en el cementerio de la historia después de la última fase de su utilización en defensa de los objetivos mencionados contra las fuerzas militantemente reaccionarias. Poniendo fin a las representaciones aparentemente inofensivas de la violencia en los tebeos infantiles, juegos de ordenador y otros medios de diversión, se creará un ambiente de respeto mutuo y de respeto por la vida. Tomaremos conciencia de los caminos que nos salvarán del holocausto global. Sólo un ambiente de confianza y de diálogo sin reservas generará los recursos necesarios, invertidos todavía en el aparato militar, para compensar los daños sociales y medioambientales ya ocasionados. Los potenciales infraestructurales de los ejércitos adquirirán nuevas funciones en la sanidad, el transporte y la comunicación de las regiones del mundo todavía desfavorecidas. Resolveremos el problema del hambre por medio del abandono de la contraproducente y, según el balance energético, disparatada producción de animales en beneficio de una agricultura adaptada a las condiciones naturales. Si aprovechamos los alimentos puestos a nuestra disposición por la naturaleza sin refinarlos industrialmente ganamos por partida doble: disminuirán las llamadas enfermedades de la civilización y nadie tendrá que sufrir hambre.

Los pueblos culturalmente maduros se caracterizan, entre otras cosas, por una forma de vida responsable y por tasas sostenidas de crecimiento. Personas espiritualmente satisfechas y corporalmente sanas son inmunes contra las tentaciones de una publicidad irresponsable que incita al consumo creciente de cualquier mercancía. Una demanda no estimulada artificialmente no agota las reservas de las materias primas. Las industrias no contaminantes trabajan con sistemas de producción y principios de elaboración idénticos a los de la naturaleza y garantizan de esta manera un ciclo de las reservas energéticas y de material exento de tóxicos. Copiemos las leyes probadas de la vida a través de la utilización de la energía solar, eólica e hidráulica. Imitemos la vida y veremos que la búsqueda del perpetuum mobile no fue en balde. Puesto que no somos los inventores del mundo vivo, nunca podremos aspirar a los derechos de autor, aunque sí disponemos, como partícipes en la vida y la naturaleza, de los derechos de uso.

La vida sobre la Tierra es, a causa de su inherente mecánica, dinámica y organización, una obra maravillosa cuyo funcionamiento libre es capaz de incrementar, por el bien de todos nosotros, el grado de organización de nuestro planeta.

A través de una política de compatibilidad ecológica y de justicia social, los sistemas instaurados por la humanidad pueden reducir la entropía. Trabajemos para preservar, no para destruir. De esta manera nos salvamos de la muerte global. Nuestro trabajo estará al servicio de la transformación del mundo en un mundo de paz. Convertiremos nuestros sueños en ideales de la vida y redactaremos con ellos una relación de objetivos políticos que posibilitarán un sistema social justo, una economía concordante y una cultura abierta más allá de las ideologías e religiones dogmáticas. Por el bien de nuestra supervivencia y en aras de la responsabilidad por la vida someteremos la constitución y los fundamentos jurídicos de todas las naciones a procesos continuos de modificación hasta que los hayamos adaptado a un estado de convivencia solidaria. Cuanto más se consolide en la conciencia el sentimiento común a favor de la comunidad de seres vivos en la Tierra, antes conducirá la internalización espiritual a una descentralización de los sistemas de regulación de la política mundial. La internalización espiritual de una unidad social global elevará el sentimiento de solidaridad entre las personas y su acción sinérgica con la naturaleza a un estado de normalidad.

Los procesos actuales de cambio social, que se están desarrollando en todo el mundo, ofrecen nuevas oportunidades para resolver los problemas conocidos. Sin embargo, sólo la creación de un clima terapéutico es capaz de eliminar aberraciones sociales. La contribución de cada individuo radica en la posibilidad de desarrollar una conducta consciente y dispuesta a aprender. Hay que fomentar el desarrollo propio hacia una conciencia social y exenta de prejuicios, para poder identificar las tendencias contrarias al progreso y orientadas al poder, presentes en los órganos eclesiásticos y estatales, y asfixiarlas mediante la retirada de nuestro apoyo personal. Sólo de esta manera podemos liberarnos de los obstáculos contraevolucionarios y sus consecuencias casi "predestinados" que vienen presentándose con regularidad. El animado intercambio de ideas en el ámbito privado y la voluntad de compromiso con los agentes ecológico-sociales conducirán a una mayor sensibilidad y flexibilidad de los órganos de nuestra sociedad, necesarias para estar a la altura de los desafíos de nuestra existencia y del futuro. Mediante una discusión más profunda de las relaciones y de las tesis expuestas es posible el nacimiento de un foro cuyas declaraciones podrían convertirse en los hitos de un futuro evolutivo.

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